Clásicamente, la depedencia al alcohol o el tratamiento del alcoholismo se ha considerado problemático y característico en el sexo masculino, ya que se consideraba que sólo las mujeres con niveles socioeconómicos bajos tenían un verdadero problema con el alcohol. Pero el alcoholismo en la mujer también está presente.

 

Desde hace años, se sabe que mujeres y hombres son biológicamente diferentes y responden de forma distinta tanto a las medicaciones como al alcohol como a otras drogas (cocaína, heroína, THC, alucinógenos…). El motivo son varios y tienen que ver con peculiaridades evolutivas primarias de la especie humana: diferencias evidenciables en la distribución de líquidos, lípidos, y bioelementos; variación en el tiempo de vaciamiento gastrointestinal; diferentes flujos sanguíneos cerebrales; regulación hormonal específica; y estructura cerebral y áreas neuronales con diferente diferenciación.

Justamente, la diferencias en la estructura cerebral y sus consecuencias funcionales podría explicar las diferencias en algunas funciones ejecutivas, en las tareas viso-espaciales y verbales, en el riesgo de depresión, en las respuesta al estrés y en la velocidad de recuperación tras un trastorno cerebro-vascular.

En la mujer, la dependencia a alcohol o el alcoholismo instaurado se manifiesta de manera distinta según la edad, el estado civil, la satisfacción de su rol, el estrés en la convivencia diaria, el empleo o la pertenencia a una red social. Según manifiesta el Dr. Augusto Zafra, médico psiquiatra y director del centro de desintoxicación IVANE del Hospital Nisa Aguas Vivas, “especial interés es el llamado “estado no deseado” que define la vivencia de una situación mantenida que excedería los mecanismos de afrontamiento cotidianos y que actuaría como un factor precipitante. Un matrimonio desavenido, una maternidad no deseada, un empleo no satisfactorio, un rol socio-familiar no elegido y en los últimos tiempos, la incorporación laboral de la mujer acompañado de las graves dificultades de conciliación familiar”.

Además, la mujer debe luchar contra los roles tradicionales, afirma Zafra, que la sociedad impone de forma más o menos velada, y contra mensajes sucintos a nivel educacional, familiar y laboral por parte de las personas de su entorno y los medios de comunicación. Tanto los objetivos vitales, como la propia imagen, como las expectativas depositadas mediatizan el afrontamiento diario de la mujer con matices muy distintos de los que recibe el sexo masculino. “Frente al desarrollo, la independencia y la autonomía, parece como si al sexo femenino se le invitara a permanecer en un plano distinto respecto al sexo masculino, tanto en la sociedad como cuando existe una relación conyugal”, indica.

El alcoholismo en la mujer ama de casa

¿Como es posible que la asunción del papel de madre, esposa y ama de casa, pueda llevar a muchas mujeres a sentirse satisfechas y sin embargo a otro grupo de mujeres a sumirlas en el alcoholismo?.

Nuevamente, el “estado no deseado” hace su aparición. No todas las mujeres tienen interés en asumir el papel principal del cuidado de hogar.

Sin embargo, la presión de deber asumir el papel tradicional o esperable por parte de su entorno hace que se tomen decisiones no deseadas que rompe su proyecto vital (abandonar estudios, dejar de trabajar, no asumir puesto laboral de mayor responsabilidad, el castigo encubierto de la empresa a la mujer embarazada…). Cuando esto ocurre, la persona puede sentirse atrapada y con intereses y objetivos en desacuerdo con las expectativas soñadas y esperadas que provoca sentimientos de frustración, rabia y soledad de desear una vida fuera de casa. Cuando no existe una solución medianamente satisfactoria o la mujer calla, surge el conflicto interno, la paralización y la ansiedad… en este contexto, la culpa y la no-asunción de cambio surge el beber para anestesiar los sentimientos, modular la ansiedad, escapar “un momento de la prisión” o simplemente no pensar. Los primeros consumos que calman, se convierte en una inercia de consumo que si se conjuntan con cierta vulnerabilidad a padecer adicción desemboca en un alcoholismo o trastornos por dependencia de alcohol.

Justamente la soledad, hace que la mujer bebedora tenga un perfil solitario en el entorno domiciliario y que con frecuencia se descubra que existe un alcoholismo, meses o incluso años tras el inicio. En muchos casos, la evolución larvada del problema puede provocar la existencia de cuadros de apatía, somatizaciones y depresión que perpetúa esta dinámica desde una patología dual (coexistencia de alcoholismo y cuadro psíquico).

El silencio de este proceso hace que los primeros en darse cuenta sean los hijos, luego los padres y en último lugar el cónyuge. La demora de la ayuda aumenta el sentimiento de culpa, pena e inoperancia. La solicitud de ayuda profesional es inevitable para tratar la adicción, tanto como causa o como consecuencia. Dentro del proceso de recuperación, llega un momento en que la mujer ama de casa consigue una abstinencia mantenida y las emociones mejoran. Pero cuando eso sucede, llega el momento de curar lo que en gestalt se denomina el “asunto inconcluso” y esto no es tan fácil. Supone perdonar, soltar y recuperar el proyecto vital que años atrás se truncó y siguió un camino cuya dirección cada vez se a ido alejando más de esas expectativas no satisfechas. Cambios de vida drásticos y que suponen una ruptura de lo que es la persona y su pasado reciente, supone un estrés tan grande que no todas las personas son capaces de soportar. Es más, muchas veces no reside ahí la solución a los problemas, sino el buscar una satisfacción alineada con las referencias de la realidad de la vida de cada uno.

El alcoholismo en la mujer trabajadora

La incorporación de la mujer en el entorno laboral debería haber situado al mismo nivel a todas las personas con independencia del sexo, no solo en cuanto a remuneración económica, sino también en cuanto a condiciones y oportunidades. Además de las dificultades de armonizar la vida personal y laboral, la exigencia en casa de la mujer no ha llevado un decrecimiento proporcional a su presencia en el mundo laboral.

Estrés, soledad, sobrecarga e incomprensión forma parte del día a día.

Si bien, compaginar proyecto laboral y personal en la mujer, puede suponer una complementariedad posible, no es infrecuente que con el paso del tiempo y el cumplimiento de hitos madurativos esperables conforme a la edad (es decir: casamiento, maternidad, compromiso de pareja, convivencia, independencia) haga que la balanza se incline hacia un lado a expensas de sacrificar total o parcialmente el otro.

Maticemos. Si la mujer se vuelca en el trabajo, puede ser percibida que adolece de falta de emociones y se la catalogue de insensibilidad frente al rol culturalmente esperable a su sexo. Si por el contrario, vuelca mayor dedicación a la familia, educar a los hijos, elegir lactancia materna, cuidar a los padre, etc., a pesar de desarrollar correctamente su actividad laboral, puede caer en el  riesgo de ser considerada como trabajador de segunda, de persona frágil o sujeto con falta de compromiso corporativo lo que se traduce en merma de oportunidades y el “sambenito” de escasa implicación en el trabajo.

Nuevamente el posible abuso de alcohol o el alcoholismo puede hacer aparición, por la presencia del factor “estado no deseado”. En este caso contextualizado por el estrés, la sobrecarga, la incomprensión y falta de proporcionalidad entre las áreas funcionales deseadas y que necesitan armonización. La necesidad de buscar ansiolisis, desconectar de las preocupaciones, combatir el insomnio, etc. En este contexto el tratamiento del alcoholismo requiere un proceso de desintoxicación, deshabituación, rehabilitación y reinserción en el que en determinado momento del proceso terapéutico deberá afrontar decisiones y elegir. En estos casos, la toma de decisión por lo general supone una crisis personal aunque enfocada a presente y futuro por lo que el duelo de cambio aunque sea duro no conlleva la carga de soportar revertir “el asunto inconcluso”.

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